Un paseo por la orilla

Hay un fragmento, bueno, verdaderamente hay muchos, que me emocionan de La montaña mágica de Thomas Mann. Creo que es una obra que te hace cuestionarte, te muestra interrogantes, situaciones o emociones que apelan de una manera muy directa, invitando al lector a acompañarle en su viaje junto a Hans Castorp.

El fragmento al que me refiero es uno del capítulo séptimo, titulado “Un paseo a la orilla del mar”. Nos habla del tiempo, de cómo su percepción es subjetiva, como tantas otras cosas de la vida. Nos interpela con sus preguntas, haciéndonos reflexionar sobre la huella que deja aquello que vivimos en nuestras propias “orillas” y, por ende, en nuestra mente y nuestro cuerpo. Esas marcas, surcos y recovecos forman parte de nosotros y, como esa reflexión e invitación me parece tan hermosa, no quiero perder la oportunidad de compartirla por si pueda servirle a alguien, bien para reflexionar, bien como disfrute estético, que tampoco es poca cosa.

¿Puede narrarse el tiempo, el tiempo en sí mismo, por sí mismo y como tal? No, eso sería en verdad una empresa absurda. Una narración en la que se dijera: «El tiempo transcurría, se esfumaba, el tiempo fluía» y así sucesivamente… Ningún hombre en su sano juicio consideraría algo así como un relato. Sería, poco más o menos, como si se pretendiese mantener febrilmente una única nota, o un único acorde durante una hora y eso se hiciera pasar por música. La narración se parece a la música en que se desarrolla en el tiempo, «llena el tiempo de elementos con sentido», lo «subdivide» y con ello crea la sensación de que «pasa algo», por citar, con la piedad melancólica se concede a las palabras de los difuntos, las expresiones que solía utilizar el buen Joachim: palabras que se llevó el viento hace ya mucho… de hecho, no sabemos si el lector es claramente consciente del tiempo a que se remontan. El tiempo es el elemento de la narración, como también es el elemento de la vida; está indisolublemente unido a ella, como a los cuerpos en el espacio. El tiempo es también un elemento de la música, que como tal mide y estructura el tiempo, lo convierte en algo precioso que se nos hace muy breve, en lo que, como ya se ha dicho, se asemeja a la narración, que igualmente (y a diferencia de la obra plástica, que se hace patente de una manera inmediata y sólo está unida al tiempo en tanto que es un cuerpo) no es más que una sucesión de elementos en el tiempo, pues es imposible presentarla de otro modo que no sea en forma de desarrollo y necesita recurrir al tiempo, incluso aunque intentase estar completa y cerrada en cada instante.

[…]

Existen en el mundo unas circunstancias, una serie de condiciones del paisaje (si es que puede hablarse de «paisaje» en el caso que vamos a tratar) bajo las cuales resultaría natural y justificada – al menos estando ocioso – dicha confusión y neutralización de las distancias espaciotemporales, dicha tentación de caer en su peligroso hechizo. Nos referimos a un paseo a la orilla del mar, una situación que Hans Castorp siempre rememoraba con el más profundo cariño, pues, como ya sabemos, la vida entre la nieve le recordaba a menudo y muy gratamente los paisajes de dunas de su tierra. Esperamos que la experiencia y los recuerdos del lector nos sirvan de base para evocar ahora esa maravillosa sensación de estar perdido en el mundo. Caminas y caminas… y por ese camino nunca llegarás a casa a tiempo, porque habrás perdido el tiempo, como te habrás perdido en el tiempo.

¡Oh, mar! Estamos lejos de ti mientras narramos, pero te dedicamos nuestros pensamientos y nuestro amor al evocarte y en voz alta para que estés presente en nuestra historia, como lo has estado siempre y como lo estarás siempre, en secreto. ¡Desierto arrullado por el mar, bajo el gris pálido del cielo, lleno de áspera humedad, cuyo sabor a sal perdura en nuestros labios! Caminamos sobre un suelo que se hunde ligeramente, salpicado de algas y pequeñas conchas, los oídos ensordecidos por el viento, ese viento grandioso, generoso y suave que recorre el espacio libremente, sin trabas ni rodeos, y que aturde dulcemente nuestra mente; caminamos, caminamos y vemos las lenguas de espuma del mar que avanza y se retira de nuevo y nos moja los pies. El oleaje hierve, luminoso y brusco, las olas se atropellan entre murmullos al romper en la orilla, aquí y allá y en los bancos de arena de alta mar; y ese fragor del mar confuso y cadencioso y omnipresente cierra nuestros oídos a cualquier voz que venga de este mundo. Profunda satisfacción… Olvido consciente… ¡Cerremos los ojos al abrigo de la eternidad! No, ¡mira! Allá lejos, en la lontananza verde grisácea salpicada de espuma que se pierde en el horizonte haciéndose cada vez más pequeña se divisa una vela… ¿Allá lejos? ¿Qué significa «allá lejos»? ¿Cómo de lejos? ¿Cómo de cerca? No lo sabes. El vértigo te impide juzgarlo. Para decir a qué distancia está ese barco de la orilla tendrías que saber cuál es su tamaño. ¿Es pequeño y está cerca o es grande y está lejos? Nuestra mirada se pierde en la incertidumbre, pues no tenemos órganos ni sentidos que nos proporcionen referencias sobre el espacio… Caminamos, caminamos. ¿Desde cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Qué sabemos? Nada cambia a nuestro paso; el «allá lejos» es igual que el «aquí»; «ahora» igual que «antes» y que «después», el tiempo se ahoga en la monotonía infinita del espacio, el movimiento de un punto al otro ya no es movimiento… y donde no hay movimiento no hay tiempo.

Este fragmento, esta oda a lo natural y a la naturaleza es un gran ejemplo para mi de lo que es el arte. El Arte es una continua invitación a, mediante el proceso de mirar, leer o escuchar a otros, conocernos mejor a nosotros mismos, sea emocionándonos, haciéndonos que nos planteemos sus propios interrogantes u otros nuevos propios, o invitándonos a su propia experiencia estética, revolucionaria, bella, terrible, inspiradora, onírica o maravillosa.

Por ello el arte es ambiguo, es algo subjetivo como el tamaño de las velas de esos barcos que divisamos desde la orilla. Es propuesta, es lanzarse a crear con o sin objetivo, y esa premisa ya de por sí, me parece tremendamente poderosa, pues es posicionarse en la pregunta y no en la respuesta.

Referencias

MANN, T., La montaña mágica, (trad. Isabel García Adánez), Barcelona, Debolsillo / Penguin Random House, 2020, p. 791 y pp. 799-800.

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